Ronen César Alejandro Medina Mendoza (español)

Mis antepasados eran conversos sefarditas, judíos españoles que aceptaron el bautismo católico romano para evitar la tortura y la muerte durante la inquisición. Descubrí mi judaísmo en algunas costumbres raras de mi abuela materna. Encontré al Mesías judío por medio de la bondad de personas que practican el amor que El ha ensenado y vivido. He trabajado como guía de turistas en Israel. Estudie teología en Italia. He vivido en Polonia, y he viajado a otros países, que incluyen Suiza, Perú, Ecuador, y los Estados Unidos. Durante la mayor parte del ano, soy pastor itinerante en Saltillo, Coahuila, México, donde doy clases de danza israelí y árabe a personas de todas las edades y afiliaciones religiosas. Mi historia tal vez parece una novela picaresca, pero todo lo contado aquí, y mucho mas, me ha pasado. ~ Alejandro Medina Mendoza, 26 de abril de 2015

Alejandro se hace presente cuando y en donde lo necesitan. Lo vi mientras daba consuelo pastoral en el velorio de una chica de veinticinco anos quien se había ahorcado mientras estudiaba en Italia. Alejandro daba dicho consuelo después de varios días sin dormir, porque a el le tocaba arreglar el transporte del cuerpo y acompañar a la madre de la fallecida durante el vuelo largo y agotador a México para enterrar a su hija.

Alejandro cuida a enfermos, lleva Biblias y mochilas a comunidades aisladas, y anima a todos a vivir plenamente por fe, y a crecer en la fe. Es pastor sin congregación, sembrador de comunidades cuya meta es comprender las raíces hebreas de los seguidores de Cristo, a quien Alejandro llama Yeshua. Da instrucción con energía y alegría en baile israelí y árabe. Ha formado parte de un equipo que dirige giras de Israel acompañadas de estudio de la Biblia. Con muy poca educación formal en México, tiene fluidez en ingles, hebreo, e italiano, y estudio teología en un seminario evangélico en Italia.

La mujer que Alejandro llama “mi mama “era una extraña, con el nombre de Lily, quien le daba de comer cuando el andaba en las calles polvorientas de Torreón, vendiendo dulces, chicles, o lo que pudo, para llevar un poco de cambio a la choza de cartón y aluminio en una colonia de paracaidistas donde le daban golpes su abuela y sus hermanos si llegaba con las manos vacías.

La abuela, Hermelinda Fernández Caro, fue la primera mujer quien Alejandro conoció como “mama.” Su hija, Guadalupe Leticia, lo abandono poco después de nacer, como había abandonado previamente a cinco criaturas.

Guadalupe Leticia tenia apenas catorce anos cuando se escapo de su hogar de clase media en Torreón para bailar en Cantina Las Vegas en el pueblo cercano de Francisco I. Madero, zona de tolerancia para Torreón. A los quince anos, dio a luz a su primer niño en los siguientes doce anos hubo un total de seis partos mas, cada bebe con un padre distinto, cada bebe abandonado por la madre.

Una hermana mayor de Guadalupe Leticia, Alma Angelica, acepto al primer niño, Víctor, para criarlo con sus tres hijos propios. Víctor disfruto de una vida mas tranquila y una educación mas completa que sus hermanos. Termino estudios de veterinario. Después de Víctor, nacieron Raimundo, Sandra, Silvia, y Juan Carlos. No había mas que la abuela para cuidarlos.

No se sabe que acuerdos o desacuerdos hubo entre Hermelinda y su esposo, pero ella dejo al señor en Torreón, y llevo las tres criaturas a Francisco I. Madero para buscar a Guadalupe Leticia con el fin de convencerla que cuidara a sus hijitos. Sin apoyo económico, Hermelinda se instalo con los niños en una choza improvisada dentro de un establo maloliente.

Guadalupe Leticia llego embarazada otra vez y duro con ellos el tiempo necesario para dar a luz a otro varoncito. Le dio el nombre de Humberto, pero el pequeño falleció a los tres meses. Desesperada, Hermelinda se corto las venas, quizás un intento inútil para lograr que Guadalupe Leticia le hiciera caso, quizás para escapar de la pena del sufrimiento delas criaturas abandonadas por su hija a pesar de los esfuerzos de la abuela para mantenerlos con vida. Hermelinda sobrevivió, pero la navaja dejo cicatrices en sus brazos y en las mentes de los niños.

La hija perdida regreso una vez mas, embarazada de nuevo, y el 28 de noviembre de 1976, en aquel establo maloliente, Guadalupe Leticia Mendoza Fernández dio a luz a su sexto y ultimo bebe. Le puso por nombre Cesar Alejandro Medina Mendoza, pero nadie se molesto en llevarlo al Registro Civil para solicitar su acta de nacimiento.

Abrumada con el cuidado de otro bebe, Hermelinda lo ato a un perro para que lo vigilara. Si el perro quería moverse sin arrastrar al niño, lo cargaba con el hocico. Y así, Alejandro y el perro salían al baldío para jugar con los demás niños. Agarrándose del pellejo del animal, el niño eventualmente se paro y aprendió a caminar. En desafío de toda probabilidad humana, Cesar Alejandro Medina Mendoza sobrevivió y creció fuerte en cuerpo y espíritu.

Después del nacimiento de Alejandro, Hermelinda luchaba cinco anos mas en Francisco I. Madero con la esperanza de que Guadalupe Leticia tomara la responsabilidad de sus hijos. Cuando ya no pudo mas, Hermelinda regreso a Torreón, y se mudo con los chiquillos a una choza en un barrio de paracaidistas. Mandaba a los niños a vender chicles en las calles polvorientas de Torreón con el fin de traer a la casa un poco de dinero o algo de comida. Si regresaban con las manos vacías, a veces los golpeaba.

Alejandro me llevo al barrio para conocer a unas vecinas que recuerdan a Hermelinda Fernández Caro. La calle esta limpia y ordenada. No revela su historia como colonia de paracaidistas pobres. Hoy en día un hermano de Alejandro tiene el titulo del terreno donde se ubicaba la choza de Hermelinda. Corrieron unos sobrinos para ver si Tío Alejandro les regalaba monedas. La casa donde vivian Hermelinda y los niños ahora esta forrada de estuco verde en vez de cartón y metal, y una cerca rudimentaria separa la casa de la calle. Otras casitas bien hechas pueblan la calle, mostrando que los habitantes no solo han sobrevivido, sino de alguna manera han mejorado sus circunstancias.

Tocamos en una puerta, y Consuelo, una mujer de mediana edad, nos dio la bienvenida a su casa, amueblada modestamente, con cocina y banos modernos y aparatos de aire lavado. La casa estaba bien pintada, y había fotografías enmarcadas en las paredes haciendo halago de graduaciones y quinceañeras. Al rato, llego la hija de Consuelo. Había terminado su turno como enfermera en una clínica. Consuelo nos hablo de tiempos difíciles cuando Hermelinda, a quien ella llama Dona Nina, fue guía y mentor en la lucha por sobrevivir. Dona Nina iba con las vecinas al Mercado de Abastos, y les ensenaba a buscar comestibles descartados en los botes de basura, pero todavía servibles. Muchos de los mercaderes conocían a Dona Nina, y algunos de ellos le daban frutas y verduras aun no destinadas para la basura, y hasta queso, huevos, o leche fresca. Cuando regresaban las dividieran todo equitativamente.

Dona Nina era generosa con sus vecinos. “De la nada, siempre hallaba algo que compartir,” dijo Consuelo. “Éramos todas muy jóvenes y muy pobres, la mayoría madres solteras, y Dona Nina con frecuencia nos atendía tanto en nuestras enfermedades como en las cortadas, raspadas, dolores de panza, picadas de insectos, y narices mocosas de los niños. Tenia remedios para todo. A veces te daría un te, otras veces una pomada para sobar.

Si tenias un problema, ella daba buenos consejos–por lo general, en la forma de un dicho. ‘El hambre puede bajarme,’ decía Dona Nina, ‘pero el orgullo me levantara.’ o, ‘Nunca llegues a casa ajena con las manos vacías.’

“A veces no había que comer en ninguna casa, pero cuando había, Dona Nina era capaz de hacerla rendir de manera increible. En una ocasión alguien le dio un pollo entero. Ella hizo caldo de los huesos y las patas, agregando arroz y las verduras que había procurado en el Mercado de Abastos. A la carne picada agrego mole, hecho con especias que había guardado celosamente para tal evento. Hizo tortillas, y todos comimos varios días de un solo pollo.

“De vez en cuando,” dijo Consuelo, “llegaban unas jóvenes de Francisco I. Madero, con pan, leche, y algo de mandado. “Consuelo aparentemente no conocía la historia de Leticia, y dijo que una de las jóvenes era la hija de Dona Nina quien trabajaba en Francisco I. Madero. Alejandro recuerda vagamente que llegaban unas “tías” a la casa, pero ninguna de ellas se identificaba como su madre. Parece que Leticia llevaba en ocasiones algo de comida para su madre y sus hijos, pero nunca llevaba regalitos para los pequeños, ni daba ninguna muestra de cariño hacia ellos.

Alejandro recuerda a su abuela. “Siempre estaba con la cabeza cubierta, adentro de la casa como afuera. Sabia mucho de hierbas a tés para las enfermedades. Muchas personas llegaban a la casa para buscar sus consejos, algunos con malestares físicos y otros con problemas personales. Siempre les hacia tres preguntas, ni mas, ni menos, antes de ofrecer su consejo o su remedio. Algunas personas decían que era bruja, pero otros hablaban de su sabiduría. Entre los niños, decíamos que era bruja de las buenas. Si alguien llegaba a la puerta pidiendo comida, nunca le diría que no, aun cuando no había suficiente para nosotros. Si alguien nos mandaba comida, siempre le regresaba el plato con algún platillo elaborado por ella. Aunque le llevaban regalos de gratitud, le fue difícil aceptar algo de otra persona.

“Abuelita hablaba de Dios, pero nunca mencionaba ninguna religión en particular, y jamás asistimos a una iglesia. Yo asumía que éramos católicos porque todos nuestros conocidos lo eran. Había un cuadro del Sagrado Corazón en una pared de la choza. Sin embargo, todos los viernes, mi abuela pasaba todo el día limpiando la casa y horneando pan en un horno de adobe que ella misma había construido. En otros días de la semana horneaba pan para vender, y cuando la gente olía el aroma, preguntaban que había para comprar. Pero el pan del viernes era especial. No lo vendía. En la noche de viernes, mi abuela prendía velas y nos hizo sentarnos para escuchar sus cuentos. Platicaba de una familia que hacia muchos anos fue de Israel a Turquía, y de Turquía a Cuba. Comprendí mucho después que hablaba de nuestra familia. Nos mandaba temprano a dormir, y los sábados antes del amanecer, escuchábamos un susurro en un idioma desconocido para nosotros, como una oración. Cuando nos levantábamos, ella estaba sentada  afuera, tejiendo. Tejía todo el día del sábado hasta la puesta del sol, pero antes de levantarse de la silla, destejía todo lo que había hecho.

“Siempre estaba trabajando, siempre con las mismas costumbres. Llevaba al cuello en una cadena una llave muy grande, pero nunca vi que abriera algo con ella. Una vez le pregunte para que era la llave. ‘Es para la suerte,’ respondió. Trataba a la gente con masajes o sahumerios de hierbas mientras recitaba oraciones que empezaban como rezos católicos, pero no eran conocidos por nadie. Toda la familia venia a ella con sus problemas.

“Mi hermana una vez le conto que la trataban mal en el trabajo. Mi abuela le pregunto ‘Cuantas personas trabajan allí? Cuantos hombres? Cuantas mujeres?’ Mi hermana le contestaba, y mi abuela le dijo que cortara siete rosas de diferentes lugares, que pusiera los pétalos en agua, y que se bañara al siguiente día en aquella agua. Yo no comprendí que tuvo que ver nada de eso con nada, pero mi hermana lo hizo. Dos días después, llego a casa diciendo que le habían dado un ascenso en el trabajo y que, de repente, todos la trataban bien.

“Algo extraño para mi fue la importancia que tenían los nombres para mi abuela. Cuando le platicábamos de otra persona, siempre preguntaba el nombre de la persona, y antes de que terminaran de hablar, ella pudo describirla como si la conociera.

“En una ocasión yo le estaba pidiendo dinero para comprar un dulce, y me dijo que no. En ese momento, llego alguien a buscarla, y nos mando al otro cuarto, como siempre lo hacia, dizque para protegernos. Dejo el monedero en la cocina, y ya que estaban presentes mis primos, tome el dinero y fui a comprar el dulce anorado, pensando que con tantos niños, ella no sabría quien lo había tomado, y no reganaría a mis primos. Cuando había terminado con sus asuntos, me pregunto, ‘?Quien tomo dinero de mi monedero?’

“‘No se,’ conteste, y me fui orgulloso, pensando que ella nunca iba a saber. Nos acostamos, y al siguiente día, era como si nada había pasado. Pero al despertarme, mi abuela me estaba mirando fijamente.

?Por que tomaste ese dinero?’ me pregunto.

“Pensando que podía engañarla, me hice tonto y dije, ‘Cual dinero?’

“Entonces me hizo dos preguntas que no tenían nada que ver, y conteste, pensando que todo se había acabado. Cuando termine de contestar, me pego con un cinturón. Yo llore y grite, ‘Porque me pegas?’

“‘Porque tomaste el dinero, fuiste y compraste el dulce, y te lavaste la cara y las manos después de comerlo para que yo no me diera cuenta!’

“Yo seguía insistiendo que no era cierto, aunque ella describía exactamente los detalles de lo que yo había hecho. Me dijo, ‘Tu mismo me lo dijiste.’ Desde ese momento, yo le tuve miedo a mi abuela. Mas tarde, mi hermano hizo algo que no debía. Yo fingía dormir y escuche como ella, mientras el dormía, le preguntaba en una manera muy normal, y mi hermano, completamente dormido, le dijo todo, con todos los detalles. Sin embargo, al siguiente día, no recordaba nada de la confesión.”

Si Hermelinda sembraba optimismo y esperanza entre sus vecinos, los nietos conocieron a una persona mas oscura y conflictiva. Raimundo hablaba de días festivos cuando parientes mas prósperos invitaban a Hermelinda y los niños a compartir una comida festiva. “Siempre, siempre,” dijo Raimundo, “se ofendía por algo dicho o hecho por algún pariente, y nos sacaba enojada antes de darnos la oportunidad de probar los manjares.”

Cuando Alejandro empezaba a ganar un poco mas de dinero, deseaba agasajar a su abuela con regalos bonitos en un cumpleaños o un Dia de las Madres. “Hablaba mucho de unas ollas de vidrio de marca Visions. Parecía Pírex, pero se usaba tanto en la estufa como en el horno. Bueno, ahorraba mi dinero, y un Dia de Madres, le compre todo un juego de Visions.

“Ella siempre usaba los mismos vestidos largos y bien gastados, y yo pensaba que ella merecía algo bonito. Así que, en su cumpleaños, le regale un vestido azul nuevo y bonito con un listón que se amarraba en la cintura. Cuando murió, encontramos muchas cosas debajo de su cama. Allí estaba el juego de cocina Visions, todavía empacado en la caja. También encontramos el vestido hermoso sin usar, cuidadosamente doblado entre papeles. La vestimos en aquel vestido para el entierro, y no se como sucedió esto, pero a unos días después del entierro, el listón del vestido apareció misteriosamente, colgado en una silla.”

 

 

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